Reseñas Rock

Los caminos ásperos y estridentes de Bob Dylan. Su último disco

Las huellas de un viejo gambusino de historias, de voces de los inaudibles ya convertido en la máxima leyenda de la generación beat nos regala como parte de un año apocalíptico su última obra que se ha convertido en una saga premonitoria de los momentos en que viven los Estados Unidos: Rough and Rowdy Ways, Bob Dylan.

No podía caer en mejores momentos cuando ya vemos imágenes inauditas del Capitolio de Washington D.C. siendo tomado por las hordas del atraso y el odio que por años compaginaron el racismo y el deseo de venganza que nos lleva a 156 años atrás en los capítulos de la guerra civil entre el norte y el sur. Pero también volver a mostrar las heridas aún no sanadas como el asesinato de un JFK o de un Martin Luther King, continuas aperturas sangrantes de los últimos 50 años. Y así el señor Dylan nos regala después de ocho años de ausencia en el ámbito musical un nuevo material que habla (o más bien canta) de ese trasfondo psicosocial sin dejar a un lado que es un pequeño homenaje a un Country bajo la imagen de un Jimmie Rodgers de donde parte ésta caravana a su conocida canción My Rough and Rowdy Ways. Aquí solo Dylan elimina el “My” para hacerlo menos impersonal, más unificador, plural.

Diez pistas que inician un dialogo bajo las pautas del blues, el country pero que no podía ser de otro modo. Un regreso a sus esenciales notas, a sus precisas e inconfundibles letras a nivel de ese premio Nobel. Profético, irónico, poético y doliente nos detenta espacios para hablar con la vida y la muerte en estos momentos que a veces nos rozan en la incertidumbre, la fe y la no fe. Escucharlo es sentarse en el más cómodo y mullido sillón y ponerse a platicar con él a través de un diálogo a voces lentas pero certeras, como ese si nos hiciera un par de tragos de Jack Daniel’s con la compañía de un Leonard Cohen o de un David Bowie trayendo los espectros de las voces más completas de esa nación que hoy se expresan más que nunca, un William Faulkner, o un Harper Lee, o un Edgar Allan Poe y por qué no, traer al señor Dylan Thomas para desbarrancarnos en la poesía de sus textos. Así de concreta se expresa esta obra.

Es su álbum número 39 en estudio. Una energía poética que se desangra en cada una de sus canciones. Describe tantas partes de amigos y seres que lo han acompañado, hechos contundentes y desgarradores que hacen caminos en sus letras, flores y reflexiones como enredaderas, en frases fáciles de digerir, paseos por esos lugares donde su huella se convierte en tonadas transfronterizas desde los extremos del Yukon hasta el border en Eagle Pass.

La tragedia se vuelca en sus letras, sin traición y con honestidad, de una forma shakespereana para recordarle a Zimmerman que alguna vez tuvo una cierta edad para descubrir infiernos y paraísos en su natal Duluth Minnessota hace ya 79 años. Que le permitió nacer y pertenecer a esa generación post guerra que aun se mantiene a pesar de las heridas aun no cicatrizadas de su propia historia, para no olvidar dejándonos este memorial en la canción de casi 17 minutos, Murder Most Foul. Para no olvidar, para hacer indómita la memoria en aquel 22 de noviembre de 1963 y ver como los Beatles llegaban vía el Río Mersey para crear más gritos y sonrisas para enfrentar el odio en los ghettos del Bronx o la guerra en Vietnam.

Una oda al YO y al NOSOTROS presente.

A pesar de lo directo sin cortapisas y escalas, el disco es para escucharlo una a muchas veces para adentrarnos en ese dialogo, no para no entenderlo. La muestra es honesta. Y así nos lo dice con esa voz que ya extrañábamos, para seguir siendo, para seguir siendo eternos. “Hoy, mañana y ayer también, / las flores están muriendo como todas las cosas.” I Contain Multitudes.

Y siguen muchos otros personajes que redondean la historia de éste disco, un perverso amigo tan recurrente como un Jack Keurack, la imagen de Ana Frank, los Stones, William Blake, Chopin o Beethoven y también tomar extractos de poemas como los de Walt Whitman en Song of myself para esta misma canción. La conversión a su poesía en sus letras es la misma que los guerreros que regresan derrotados, pero convierten esa derrota en un triunfo contra los bloques del absolutismo y la paranoia.

Y don Bob regresa a su esencia de los discos SUN en Memphis, Tenn., para seguirnos enfrascando en la mística llena de enigmas envalentonado frente a la muerte para ir destruyendo mitos, invenciones que nadie pidió, para decirnos que “Soy el enemigo de la vida sin sentido, no vivida/No soy un falso profeta, / Solo sé lo que sé, /Voy donde solo los solitarios pueden ir/La ciudad de Dios está en las colinas” en su False Prophet.

Dylan se redescubre así mismo como una deidad terrenal, sin frases hechas ni triunfos honoríficos, es el caminante de rúas inéditas, terregosas, día al día sin esperar más. No escapa de él, es tan grande como se le ha imaginado no como lo imaginan. Hace una reverencia al mismo título del disco viajando en los entornos ásperos. “Traeré a alguien a la vida, equilibraré la balanza. / Seré salvado por la criatura que cree / obtendré sangre de un cactus, pólvora del hielo.”

I’ve made up my mind to give myself on you, (He decidido entregarme a ti) es la declaración de amor de las más reales y directas escuchadas. La forma de entregarse sin condición alguna, sin esperar nada a cambio, sentir y comprender el amor puro hacia una mujer, en este caso cualquier persona la podría interpretar sin importar el género, en el sentido más pleno que se puede sentir, de forma carnal como divino. “No creo poder vivir tan solo… / He decidido entregarme a ti.”

En Black Rider es una autopista como el entonces Route 66 pero a diferencia de aquellas rutas de camioneros que llevaban a esa generación a recorrer lugares inhóspitos esta vez nos lleva a un conducto arpegiado para viajar entre los sueños y la realidad.

Esos mismos caminos nos conducen entonces a Mother of Muses, honor a aquellas musas que le dieron esa luz a Elvis, a BB King o a Malcolm X en esos días para pasar de la oscuridad hacia la luminidad creativa como se la dieron a él mismo que solicitaba a Calíope su presencia entre las cuerdas de su guitarra y su harmónica. “Madre de las musas, desata tu ira/ Cosas que no puedo ver, están bloqueando mi camino/ muéstrame tu sabiduría, dime mi destino/ponme de pie, hazme caminar derecho/ forjar mi identidad de adentro hacia afuera…/tú sabes de qué estoy hablando.”

Por último, nos deja cruzando el Rubicon, el paso que entre las notas y vibraciones del blues deja patente esa huella a paso lento, recorriendo rostros de viudas, de alcohólicos irremediables, de niños alegres que juegan entre el lodo. Sopesando la vida misma, con penas o sin ellas, el sentido de llegar con un ramo de flores que no pidió nadie, casas de madera en Nashville, nubes cargadas al final del camino, cruzando el Rubicon.

Y hasta aquí mi aportación semanal esperando siempre sus siempre interesantes comentarios a ésta columna.
Y no lo olviden… BEATLES 4EVER!!!!

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Luis Carlos Pichardo

He escrito para varias publicaciones de distinta índole como ha sido las ya desaparecidas revistas Sonido y Conecte dedicadas a la música rock. Actualmente me dedico a trabajar en la industria cinematográfica en producciones tanto de series para televisión, cine y comerciales como gerente de producción y locaciones.

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