Compuesta por John Kander y Fred Ebb para la película de Martin Scorsese, New York New York (1977), la canción del mismo nombre fue originalmente interpretada por Liza Minnelli. Sólo hasta su inclusión en el álbum Trilogy: Past, Present and Future de Frank Sinatra, ésta adquirió una fama mundial.

En particular, esta pieza captura el orgullo y la elegancia de una ciudad que, literalmente, no duerme.


12 de abril de 2020

El coronavirus se ha apoderado del mundo pero ha devastado a Nueva York. El día de hoy la ciudad que nunca duerme cuenta con más casos del virus que España o Italia y el número de muertos equivale al 42% del total de los Estados Unidos. En esta ciudad, la tasa de mortandad es 6% más alta que en la mayoría de los países del mundo.

Leer esta información y captar en todo su significado el gran dolor que cada uno de los habitantes de Nueva York está padeciendo me hizo recordar un texto que escribí hace varios años sobre mi visita de seis semanas a esta ciudad.

Me causa una profunda pena el sufrimiento tan grande de los habitantes de aquel lugar que a mi regreso a la Ciudad de México describí como “la real capital del mundo en donde, en cualquier banqueta, la gente que camina delante de ti va hablando en francés, los de atrás en árabe junto con los de italiano, a tu lado en alemán y más allá, en español de México”.

A ti, New York, y a tu gente de todos los credos, idiomas, nacionalidades y estilos de vida, dedico el rescate de mi texto y, por pura gratitud, lo dejaré tal y como se publicó en el antiguo El Blog de Tere.

Con todo mi amor y agradecimiento para ti y para tus maravillosos habitantes.

Tere Chacón
Ciudad de México


En mi vida he conocido a muy pocos hombres que cuentan con un valor al que yo le doy mucha importancia: la integridad. Y lo que yo entiendo por integridad es muy sencillo: honrar la palabra y respaldarla con acciones congruentes y palpables a lo que se ha dicho/prometido/anunciado en algún momento, sea algo muy sencillo de realizar o una gran empresa. Dicho de manera fácil: la gran mayoría de los hombres que conozco se manejan con base en mentiras; unas blancas, otras grises y algunas negras pero, finalmente, todas mentiras.

A Daniela Lennon le he dicho en varias ocasiones que se fije muy bien en las acciones de los muchachitos que le llegan a despertar alguna emoción en el corazón. Básicamente, lo que le digo es esto: “Si te dice que le gustas, que le encantas, que eres lo más importante de su vida o que sin ti no vive pero te niega ante sus compañeros de escuela, amigos o familia, entonces, ni te molestes. El tipo no vale un quinto… Siempre fíjate que lo que hace sea congruente a lo que dice”.

Les cuento esto porque hoy recordé a un hombre que conocí por internet y del cual me enamoré permitiendo que mis emociones crecieran basándose únicamente en palabras que aparecieron en la pantalla de mi Mac durante 6 meses, sólo en eso (sí, lo se, hay mujeres estúpidas y después vengo yo :S). Y mi estupidez llegó a tanto que, sin averiguar previamente si alguna de las mil cosas que me había dicho era verdad, permití que me pagara un viaje a la ciudad de Nueva York, en donde él residía.

Sobra decir detalles de lo que sucedió a mi llegada pero les contaré lo básico: el que se vendió como divorciado resultó ser casado, el joven que yo pensé encontrar en el aeropuerto de LaGuardia resultó ser un viejo rabo verde sesentón y el mismo que prometió una estancia de siete semanas en un departamento en Manhattan “justo enfrente a Central Park” resultó que sólo tenía para ofrecer un departamentito minúsculo en Queens, en la zona asiática, de dos recámaras, una de ellas rentada por un matrimonio de colombianos. “Entiéndeme…. ¡me apaniqué! Pensé decirte la verdad después de haberte pagado el boleto pero no tuve el valor, me acobardé. Y me puse tan mal que hasta pensé en no venir por ti al aeropuerto y dejar que te regresaras al no verme. Pero mira, no te puedo ofrecer nada, no estoy en condiciones de ofrecerte nada… Lo único que puedo hacer es permitirte que te hospedes en mi departamento de Queens estas siete semanas sin molestarte, sin que pagues renta de ningún tipo y sin que te sientas obligada a retribuirme en algo. Aquí están las llaves. ¡Tómalas! Es más… quédate esta noche allá, yo ahorita te pago el taxi. Piensa si te quedas sola o te vas y si decides irte, yo te pago la tarifa adicional por cambiar el regreso a México”.

Esa noche, después de asimilar el megagolpe recibido, me di cuenta de dos cosas. La primera y más importante fue que yo no podía seguir por la vida cometiendo estupidez tras estupidez (¡podía haber sido un asesino serial!). La segunda fue un pequeño paliativo que me apliqué en un intento de lamerme una herida recién abierta: si ya estaba allá, lo menos que podría hacer ahora era disfrutar Nueva York y de la manera en que debe de hacerse: sola, sin presiones de pago de hospedaje, sin tener la compañía de alguien que me era ya totalmente ajeno y con toda la libertad del mundo.

De esas seis semanas (terminé regresando una semana antes porque la imagen de mi hija y la nostalgia por mi país me pegaron muy duro en la última etapa) hay muchos momentos que valen la pena para un post, por ser únicos, por ser irrepetibles pero, sobre todo, porque me permitieron ubicarme como persona estando lejos de mi entorno original y me hicieron confirmar lo que realmente vale la pena de la vida. Aquí les escribo algunos sin orden cronológico:

+ El permitirme entrar a Tiffany’s de la Quinta Avenida con la serenidad de una millonaria y después sentirme verdaderamente en el cielo al ver joyas impresionantes en cada uno de los anaqueles de la tienda.

+ Caminar por el camellón de Madison Avenue y recordar que justo en esa avenida se hace la revista Mad de la cual mi viejo fue irredento seguidor y ávido lector.

+ La belleza sin igual de los vitrales, las tumbas egipcias, las armaduras medievales y las pinturas originales del Met.

+ La emoción tan grande de subir los escalones de la estación de metro Times Square-42nd Street, ver las pantallas gigantes y los teatros y sentirme totalmente viva en un lugar que había visto miles de veces en películas, fotos o en la televisión.

+ Ver foto por foto, con toda la calma del mundo, de todos los migrantes retratados en Ellis Island y leer la historia de cómo Estados Unidos se fue llenando de pobladores de otros países.

+ Asombrarme al comprobar, de la manera difícil, que en el metro de la ciudad un tren no siempre va por la misma vía ni llega al mismo destino (nada que ver con el metro de la Ciudad de México).

+ También en el metro, sentirme perdida entre un mundo de extraños que se niegan a hacer contacto visual con otra persona y que no dan un quinto por nadie que no sea ellos.

+ Sonreír al darme cuenta que en la Catedral de San Patricio hay un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe y dedicarle más de una hora de oraciones y lágrimas.

+ Gastar 5 de mis 30 dólares diarios de presupuesto en una coca en un pequeño cafecito de la Séptima Avenida y recibir un sandwich gratis cuando el dueño del café, un anciano griego que tenía más de 50 años de haber llegado a la ciudad, se enteró que yo venía del mismo país que la cantante Thalía, su única referencia de México.

+ Entrar al vestíbulo del Plaza Hotel y asombrarme por el tamaño de sus candelabros.

+ Admirar la dignidad con la que caminan los judíos en las calles de la ciudad y la elegancia y sobriedad con la que siempre van vestidas sus esposas.

+ Caminar en Central Park durante horas completas viendo a muy poca gente (¡y la que vi me dio miedo!).

+ En el mismo Central Park, preguntarle a un hombre de color muy serio, del tamaño del mundo y con cara de pocos amigos en donde estaba “the place where John Lennon fans meet” y recibir como respuesta algo parecido a un ladrido que, por supuesto, no entendí.

+ Ese mismo día, buscar como loca una tienda de flores en los alrededores de Central Park (¡carísimas las flores!) para dejarla junto a la caseta que se encuentra en la entrada del edificio Dakota en honor a John Lennon sin poder contener el llanto.

+ Asombrarme al ver que, en plena mañana, no entran los rayos del sol en Wall Street, el distrito financiero, dada la altura extraordinaria de cada uno de los edificios que la conforman y ahí darme cuenta que la serie Batman sólo podía estar inspirada en la Ciudad de Nueva York.

+ Brincar de emoción y saludar como niña chiquita cuando me encontré cara a cara con una morsa en el Acuario de Staten Island a pesar de que entre nosotras había un vidrio muy grueso.

+ Entender plenamente y llena de terror qué es exactamente el Bronx una noche en la que me equivoqué de tren y salí a la calle pensando que me encontraba en el sur de Manhattan (“Hasta aquí llegué…”)

+ Sentirme tocar cielo al disfrutar un calientito y delicioso chocolate espumoso en el ferry que sale de Battery Park hacia la Estatua de la Libertad (y hacía un frioooooooo…).

+ Regresar tarde una noche al departamento, asustarme al ver un grupo de policías en la entrada del edificio donde viví y después ver cómo mi ego se disparaba cuando el más guapo de ellos me sonrió.

+ Contar anécdotas de Lucerito, Paty Manterola, Alejandro Fernández, Roberto Gómez Bolaños y Raúl Velasco después de mucha insistencia del matrimonio colombiano con quienes en ocasiones cené al regresar de mis paseos turísticos y cuya idea de la cultura mexicana era precisamente… esa.

+ Descubrir una ardilla en la escalera de emergencia del edificio donde vivía, abrir la ventana para verla mejor y darme cuenta de que estaban cayendo copos de nieve.

+ Recibir un rosa blanca y una sonrisa de una mujer de edad a la salida de la estación del metro de donde vivía que llevaba un ramo y se las entregaba a quien se las quisiera aceptar.

+ Platicar un muy buen rato en la biblioteca pública de Queens con un elegante judío entrado en años que, antes de irse, me dio su teléfono en una tarjeta y me pidió que me mudara a vivir con él con todo y mi hija.

+ Pedir una noche comida china a domicilio y colgar con toda la frustración del mundo un par de minutos después al darme cuenta que el chino a cargo no entendía mi inglés ni yo el de él.

+ Comprar ropa en China Town (¡fantástica y a precios increíbles!) para una niña hermosa que se encontraba en otro país esperándome.

+ En pleno centro de Queens, tratar de entender el inglés de un egipcio muy amistoso al que, seguramente, le interesaba una green card. (Wrong girl, my friend, not from the U.S.)

+ Escuchar en las noches el único disco de música mexicana que había en el departamento, Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes, y soltar gruesas lágrimas de orgullo patrio y nostalgia.

Y hoy, varios años después, sabiendo y entendiendo que todas las relaciones son temporales, le agradezco al hombre mentiroso el que haya faltado a la verdad en todo momento. De no haber sido por eso, yo jamás hubiera tenido la oportunidad de tener una experiencia de vida tan fantástica.

Cada vez resultan un poco más honestos. Sólo un poco.

Buen inicio de semana.

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