Rock progresivo

Music for Piano and Drums-Patrick Moraz y Bill Bruford.

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    Escuchando Music for Piano and Drums, me sorprendo sumergido en viejas reflexiones. De hace mucho tengo la convicción de que hay unas pocas personas por generación que andan siempre a tope. Full. Al cien por ciento, a todo motor y a todo meter. Entre los músicos, aun entre los grandes, los contarás con los dedos de una mano. Hendrix y Janis sí. También Maggie Bell y Rod Stewart. Pero no Lennon (encerrado en el Dakota cualquiera le aguanta el paso a Nueva York), ni McCartney (ni modo, fans). Ritchie Blackmore sí, Jimmy Page no. Glenn Hughes sí, Sting no. Freddy Mercury sí, Brian May no (aunque yo prefiero las canciones de May). Jan Hammer sí, Chick Corea no. Keith Emerson sí, Rick Wakeman no. Carl Palmer sí, Phil Collins no. Robert Fripp sí, Brian Eno no. Tommy Bolin sí, Tony Iommi no.

    Atención, que esto no se refiere a calidad ni productividad musical, sino a un exceso de energía vital, caracterizado por una efervescencia fértil y una constante impaciencia. Estos tipos, que no recuerdo quién llamaba “los benditos impacientes”, están hechos de otra madera, la misma de los grandes líderes. Juan 23 sí, Paulo VI no. Karol Wojtila desgraciadamente sí (perdónenme, eso pienso), Bergoglio aún no sé… Kennedy sí, los Bush noooooooooooo. A contrapelo de tanto revisionismo histórico barato, Benito Juárez y Lázaro Cárdenas sí, nuestros últimos ¿cuántos? presidentes… cielos…

    En fin. El hecho es que cuando se unen dos de estos (Patrick Moraz sí, Bill Bruford también), cabe esperar algo interesante. Y eso es lo que tenemos en Music for Piano and Drums, de 1983, creado por dos de los músicos progresivos de sonido más rutilante y volátil que hayamos conocido. Tan sobrados están estos dos, que ni siquiera contratan bajista. Así es, la instrumentación consiste exclusivamente en piano y batería, sin siquiera un bajo ni artilugio que lo supla. Bueno, la mano izquierda de Moraz no califica como artilugio, pero de todas maneras no la usa mucho para “bajear”. Está claro que no siente la necesidad. Si escuchas con atención lo que está sucediendo, tú tampoco la sentirás. Ante la avalancha, a quien le interesa un bajo.

    Obras como Music for Piano and Drums  realmente merecen una crítica. Los discos para un naufragio a mí no me interesan mucho. Tienden a ser siempre los mismos, y todos tenemos algún tipo de idea de cuáles son. Levante la mano quien no lea las listas de los “mejores cien discos” para quejarse de los que faltan, más que para enterarse. Pero estos otros, los buenos discos poco conocidos, me atrapan. Esta columna irá frecuentemente en esa dirección.

    Si algo agradezco a músicos como Moraz y Bruford es el categórico mentís que hacen a toda esa absurda seudocrítica rocanrolera y bluesera que pretende que el virtuosismo se opone a la expresividad, e incluso… ¡a la autenticidad! Esta simiesca argumentación, que ni siquiera lo es, se ha impuesto durante décadas. Tiene que ser formalmente desacreditada y combatida ya mismo. Personalmente, no me merece ningún respeto. Su base es un montón de personajes conocidos pero prejuiciosos, lerdos en sus reflexiones, y con frecuencia francamente malintencionados. En su momento y lugar pienso exhibir a algunos de estos críticos y músicos fetichistas.

    Jaime, al tema…

    Si conoces las colaboraciones de Moraz, puedes haber observado que el tipo parece tener un efecto vitamínico sobre los bateristas. Al menos Alan White y Brian Davison jamás han vuelto a tocar como lo hicieron con él. Pero conociendo el turbo de Bruford, en Music for Piano and Drums no esperamos eso. Y en efecto, Bill no necesita vitaminas, es el de siempre. Pero creativamente el proyecto es dirigido por el tecladista, autor de siete canciones de nueve (las ocho originales y un bonus inédito). Las dos restantes son coautorías.

    Music for Piano and Drums comienza con Children’s Concerto, una de esas sambas-fussion tan alegres y tan del gusto de Moraz. Si conoces Out in the sun o Realization no te resultará ninguna sorpresa. Tampoco será ninguna desilusión. Tiene el mismo ritmo resplandeciente, el centelleo melódico de aquellas, pero sin todo el aparato de sintetizadores. Aquí todo está condensado en la habilidad de dos músicos para ceñirse un instrumento y exprimirlo. La estructura es sólida, con secciones claramente diferenciadas.

    Que a Moraz no le interese suplir el bajo no quita que esa ausencia le permite explotar toda la extensión del piano. Estos tipos saben lo que están haciendo. Sin bajo, nada de saturación en ese espacio de frecuencias tan delicado. Sin guitarras, adiós confusión en las frecuencias medias. El piano puede moverse a su antojo, como escuchamos en varios doblajes inusuales en el registro grave, para después abandonarlo y colgarse del agudo. Escucha la entrada de la batería, solo con los platillos (ese maldito ritmo perfecto), y la incorporación de la tarola, bombos y toms a lo largo de la pieza, como quien abre y cierra los registros de un órgano. No es ningún alucine por escribir de madrugada: al contraponerse únicamente al piano, Bruford puede distribuir la batería orquestalmente, en registros agudos, medios y graves, en solos y tuttis. ¡Rock sí, progresivo sí!

    Living Space  y Any Suggestions son las dos piezas acreditadas a ambos músicos. Tienen el distintivo carácter de improvisaciones de Moraz, pero la primera, lenta y dramática, está claramente concertada. La segunda, mucho más ágil, es un juego de acciones del pianista y reacciones del baterista. Este lenguaje armónico, expresionista, no jazzístico, es frecuente en las improvisaciones de Patrick. El suizo ha demostrado una impresionante capacidad para improvisar solos de piano construyendo al vuelo estructuras formales coherentes. Aquí lo hace de nuevo.

    Eastern Sunday comienza como un jazz (este sí) muy Moraz. Fuertemente disonante, con el piano dividido en planos sonoros fijos. La mano derecha da la melodía y armoniza en bloque, mientras la izquierda proporciona un bajo sólido. Hay mucha improvisación virtuosa sobre una estructura preestablecida. Los contrastes dinámicos (cambios entre pasajes suaves y fuertes) son mucho más extremos. Más avanza la pieza, más se transfigura en rock.

    El planteamiento para Blue Brains es manifiestamente distinto, como corresponde a un proyecto inteligente y de ideas claras. Se trata de un enérgico ostinato (ritmo repetitivo) en la batería, que deja al piano en libertad de improvisar en estilo setentero. Me parece una cita descarada de American Woman, la memorable tonada de Guess Who. Muy acertada, pues rompe con el clasicismo disonante de tres canciones y nos da un respiro rocker. Al final, el estruendo, también muy Guess.

    Symmetry es otra reconocible faceta de Patrick, aquella que escuchamos en Sound Chaser, con Yes. Pasajes atonales zigzagueantes, vertiginosos, alternados con otros suaves pero igualmente tensos, y una batería que refuerza y emula. Después pleno rock progresivo, gran escándalo y virtuosismo de altos vuelos. ¿La batería tapando al piano? En absoluto. Un gran pianista tiene un gran sonido. Y un gran baterista justo al contrario. El que tenga oídos de buen baterista, que oiga.

    Galantea se desenvuelve de manera semejante a Living Space, pero en su último tercio se transforma en una balada jazz, de ambiente latino. Escuchamos emerger este estilo en pasajes de otros discos, como Jungles of the World e Intentions, ambas de III, o el solo de Best years of our lives, de The history of I.

    El lanzamiento original de Music for Piano and Drums concluía aquí,  con Hazy. Sobre un plan claramente predeterminado, Bruford se monta por su cuenta en un swing complejo y sincopado, mientras Moraz parece subirse al carro del free jazz. Pasan otras cosas en el transcurso, sin novedades. Se trata propiamente de un final enérgico y decidido.

    El CD tiene tres pistas de regalo, grabadas en vivo en Tokyo. Se trata de versiones de Blue Brains y de Hazy, que incluyen el uso de un sintetizador de cuerdas, lo cual solo les quita gracia. El último track, Flags, es una bonita balada inédita. Son tomas prescindibles, registradas de manera un tanto cruda, así que pasamos de ellas. El folleto incluye una igualmente prescindible perorata de Bruford sobre sus sellos discográficos y sus andanzas jazzeras. Siempre he encontrado anodina esa manía de quemarle incienso al jazz, pero habrá quien se impresione.

    Music for Piano and Drums no es un disco para el naufragio. No define géneros ni cambia la historia. Pero con su naturaleza atípica, amplía la paleta y pone la muestra. Es una producción excelente, que ejemplifica lo que dos músicos extraordinarios pueden hacer limitando sus medios expresivos. Puedes vivir sin él, pero lo que te conviene es escucharlo.

    P.D. Tradiciones, paisajes, pueblo, patrimonio histórico, cultura mexicana sí. Clase política NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.

    Jaime Uribe

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