“Lo que distingue a Warhol es su naturalidad, una inocencia de grandes ojos abiertos que recuerda la de los primeros cineastas. Warhol es, en más de un sentido, el Walt Disney de la era de las anfetaminas»

(J. G. Ballard).

 

“En el futuro, todo el mundo será famoso durante quince minutos’.

Andy Warhol.

 

 

Frase visionaria de Warhol que describe los tiempos que vivimos. Hoy compartimos en redes sociales el plato de comida que estamos digiriendo, la bebida que disfrutamos y hasta las intimidades más soterradas­: vivimos en el reino de la imagen común y corriente. Nos estamos banalizando. Recientemente Vargas Llosa en su Civilización del Espectáculo señala que los contenidos artísticos se banalizan para integrarse a la cultura del entretenimiento, y por tal motivo no distinguimos qué es y qué no es arte; quién es un fantoche y quién es un artista en realidad.

 

 

 

 

El caso de Andrew Warhola es totalmente contrario: él fue la personificación de la banalización. Él amó y representó en sus obras la industria del entretenimiento norteamericano, él adoró el éxito comercial y sus obras son un juego de espejos del modo de producción capitalista; lo paradójico es que su trabajo, huele a arte. Es arte.

 

 

 

 

Andrew Warhola, al llegar a Nueva York lo primero que hizo fue quitar la letra “a” al final de su apellido para convertirse en Andy Warhol. Aquel niño enfermizo que permaneció varios meses en cama, donde su madre le acercó colores y pinceles junto con sus primeras clases de arte. Decepcionado por la muerte de su padre, quien le dejó importantes fondos para que el chico de 14 años estudiara una carrera en artes, Andy comenzó su formación.

Ya en su carrera profesional entró a la revista Glamour para convertirse en un artista muy exitoso de finales de los cincuentas. En Harper´s Bazaar podemos ver trabajos donde interviene fotografías y comienza a solidificar su estilo tan particular. Durante su carrera como director de arte comenzó a hacer uso de fotografías ampliadas explotando su trama, usándola como elemento compositivo y agregándole intensidad por medio del salvaje uso del color. Andy el hipocondríaco irremediable, que dejó un patrimonio de 220 millones de dólares.

 

Él rompió el estereotipo del artista abnegado, que sufre y que no vende un cuadro en vida. Él usó tanto objetos cotidianos como personalidades para explotarlos en sus obras. Sopas de lata, botellas de refresco de cola, detergentes, plátanos, personajes de historieta y rostros de Marilyn fueron su fuente de inspiración. Warhol regresa al espectador imágenes comunes intervenidas con su óptica y con colores vibrantes.

Es la misma coca cola que toma un millonario, la que toma un desempleado, llegó a decir. Hay un vínculo que merece ser reinterpretado y repetido ad nauseam. Llevar la vida cotidiana a los museos, romper el divorcio entre arte y cultura popular, hacer recapacitar al espectador: la belleza puede estar escondida en la cocina, en el baño, en todas partes. El gusto petulante y refinado cedió paso a la contundencia del mundo industrializado; Warhol siempre pensó que es mejor el arte industrial que el arte por el arte.

 

Amigo de Deborah Harry , Diana Ross y John Lennon. Admirador de los Stones, de Bowie –quien por cierto le compuso un tema excepcional-, productor de The Velvet Underground, cineasta y gran creativo; diseñador de portadas, esas piezas de arte que ahora, cuelgan en la pared de un gran museo.

 

Si, hasta una portada de Bosé, por cierto gran amigo de Andy.

 

 

Soy apasionado de la creatividad y el diseño. Me encanta leer, cocinar, pintar y escuchar música, sobre todo jazz; pero disfruto mucho la música del cuarteto de Liverpool, la cual siempre me ha acompañado.