Cuatro años antes de marcharse, Eusebio Ruvalcaba pensó un libro que la música le inspiró, o le dictó, por decir mejor, aunque no fue el único, puesto que la música siempre tuvo un papel fundamental en su vida. Quizás, de alguna manera, sería no sólo un telón de fondo, sino también una coprotagonista de lo que Eusebio era.
Los espíritus que él invoca en el libro de cuentos el Elogio del demonio debieron llegar a él después de largas sesiones de haber escuchado con enorme gozo y con especial atención las obras de los más importantes compositores de música clásica, así como de investigación y lectura. Esta tarea, posible sólo para los espiritistas más serios, se traduce en un concierto de cuerdas, sobre todo, llevado de las notas musicales a las palabras.
Con mucho de imaginación y documentación, Eusebio crea el otro lado de las obras y sus autores; los descubre tras bambalinas, en el difícil proceso de componer una obra de arte.

Brahms está desconcentrado, se deshace de lo escrito y de nuevo, ante la partitura en blanco; una hora después de la muerte de Schubert, su piel todavía se percibe tibia. A veces, el texto arde; otras, la escritura se hace más mesurada, pero nunca se debilita. Eusebio toma un hecho conocido; es decir, una porción de la realidad y la transforma a su gusto.

Aunque estuviera atravesando las circunstancias más difíciles en cuanto a la pobreza; dolorosas en cuanto a la enfermedad, o melancólicas en cuanto a una tristeza insondable, Schubert era capar de crear la música más dulce y apacible jamás escrita.

En “Temperamento”, por ejemplo, desde el título podemos advertir no sólo una palabra referente a la afinación de los instrumentos, sino también el carácter o, por qué no, el tono de una persona. Ahí se nos narra la interpretación que hará Guiseppe Tartini, para su alumno Pietro Nardini, de su sonata El Trino del Diablo. Una herida en el dedo es el pretexto para hacer una introspección que deriva en la génesis de esa sonata, surgida de un sueño:

Una noche, en 1713, soñé que el diablo tocaba una sonata para mí. Una sonata inejecutable…La sonata que compuse…resultó tan inferior a la que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre.

“La plegaria”, otro cuento irreprochable, narra los últimos días de Giovanni Battista Pergolesi dedicados a la escritura de su última composición Stabat Mater, una pieza dedicada al dolor de la virgen por la muerte de su hijo Jesús. El carácter sagrado del tema está rodeando todo el tiempo a este cuento y, quizás por ello, tiene un tono más íntimo.

Madre mía, déjame que termine esta plegaria para ti. Es lo único que te pido.

Un cuento que quizás rompe con los tiempos es “Smilovits”, el cual tiene mucho sabor autobiográfico; la historia se sitúa en Cuernavaca, en el año de 1990. El narrador y Jorge Risi, violinista uruguayo, van a visitar a Joseph Smilovits, “segundo violín del mundialmente famoso Cuarteto Lener”. Sin embargo, es la música la que demuestra que el tiempo es frágil y la Chacona de Bach se impone.

A mí, en ese momento, se me reveló el poder de la música.

La lectura de este texto nos permite, ahora a nosotros, invocar al maestro Eusebio Ruvalcaba para que, guiados por su voz, nos acerque no sólo a una de sus más grandes pasiones, sino también a otras voces y a otros sonidos. Un aspecto que no se puede pasar por alto, incluso más allá de los compositores, sus obras y la historia, es el trabajo de la escritura, cuya técnica está tan bien definida que logra darle unidad y redondez a todos los cuentos. La ficción, por cierto, aunque no es su objetivo principal, nos llega a conducir a las obras cuya historia leímos. Si bien al narrador no le interesa en lo más mínimo las decisiones extratextuales que tome el lector, probablemente Eusebio no hubiera sido de la misma opinión, puesto que dedicó gran parte de su vida a la difusión de la música. En este sentido, el Elogio del demonio, además de ser un elogio para la música y para las letras, puede ser también un mapa para aquel que quiere llegar a la música clásica y no ve por dónde empezar.

Amigos, ¡esta sesión ha terminado!

 

Referencias:
Eusebio Ruvalcaba, Elogio del demonio, Lectorum, 2013